jueves, 5 de febrero de 2015

Camino al mar

Por Eduardo Neira M.

Anastasia era una mujer delicada, de mirada profunda, de pelo rizado azabache, y de manos delicadas. Estaba viviendo un tiempo complejo, duro, de decisiones difíciles y, sin embargo, era capaz de sonreír a la vida y a su gente. Casada hace más de veinte años con un hombre machista, lleno de temores y de rencores pasados. Ella se casó enamorada pero a través de los años se fue decepcionando de su marido. De ese hombre que la obnubilo cuando era aún adolescente poco queda. Después de un largo noviazgo decidieron contraer matrimonio y fue así como una noche de junio dijeron acepto. Un sí que a la luz de los años, fue el inicio de su tormento.
Madre de tres hijos hermosos, según sus propias palabras, y de una calidez que le dan la más grande alegría como mujer y madre. Ha tenido que postergar sueños, anhelos, deseos, viajes; pero lo más importante, sueña con volver a ser feliz en su matrimonio. Ha aprendido a dibujar al óleo para matar el tiempo y proyectar parte de sus sentimientos. No ha expuesto nunca, aunque deseó en su corazón poder hacerlo algún día. Tiene varios cuadros pintados y cada uno la refleja a plenitud. Desde colores hermosos hasta sombríos cada uno de ellos muestra momentos de su vida.
Una noche decidió dormir. Lo pensó durante muchos días y noches. Pensaba, divagaba, se volvía intolerante y la vida se la hacía pesada. Una tarde de octubre, plena primavera, decidió escribir su última carta. Se demoró en empezar y cuando lo hizo, los borradores se sucedían unos tras otros. Le tomo tres horas poder escribir tan sólo algunas líneas que decían:
-          “A mis amados hijos, a mi madre, a mis amigas, a Dios. Hace tantos años que deseaba sentarme a escribir aquello que me pasaba, pero no lo hacía porque no deseaba causarles el dolor que sé que les estoy provocando en estos momentos en que leen estas líneas. No daré muchas explicaciones, simplemente me limitare a contar hechos, situaciones y reflexiones que darán cuenta de la decisión que he tomado. Hace mucho que he tenido que aguantar a todos. Desde pequeña siempre tuve que agradar a todos. No importaba lo que pensara o deseara, simplemente debía atender los caprichos de mi padre déspota y sicológicamente perturbado. Jamás pude olvidar esa golpiza que me dejo media muerta, con dos costillas rotas y encerrada en una habitación de hospital por más de tres semanas. Debí postergar mis anhelos de ser una pintora. El arte para él simplemente eran estupideces. Una mujer no pinta, debe ser dueña de casa me lo decía con esa voz ronca y carraspeada por tanto fumar pipa. Crecí en un ambiente ingrato. Los únicos momentos de belleza y alegría eran cuando íbamos a la playa y podía disfrutar del mar. Con el tiempo, pensé que en el matrimonio podría ser libre y hacer mis deseos. Pero lamentablemente, a mi pesar, fue sólo una ilusión. El hombre que pensé me daría esa nueva vida, nunca llegó. Era un calco a mi padre. Trate de ser feliz. Todos estos años, se los juro, traté pero no pude. Necesito volver a nacer, pero para ello debo hacer morir en mi aquello que no deseo. Miro hacia atrás y veo mis hijos crecidos, una madre ya desgastada por los años y la viudez y a mis amigas que siempre estuvieron para mí. Gracias… gracias por todo y lamento no poder satisfacer sus deseos. Debo partir y no puedo dar pie atrás. Los Amo, Anastasia”.
Esa mañana se levantó radiante, cristalina, hermosa como nunca, optimista, los colores le volvieron al rostro y su cara irradiaba esa luz que es propia de lo numinoso de los dioses. No era una diosa del Olimpo, pero estaba cerca o, al menos, así se sentía ella. Se levantó de la cama, tomo una ducha larga y refrescante para el calor de esa mañana clara, se vistió más hermosa que nunca pero sólo con prendas informales: jeans, polera y zapatillas. En un acto de rebeldía no se puso brassier y uso esa tanga que anhelaba y que su marido le prohibía.
Dos horas estuvo en ese ajetreo de levantarse, después tomo un desayuno francés clásico y se detuvo a contemplar las fotos de sus hijos. Los amaba profundamente, pero debía dejarlos. Quizás si volvería, eso nadie, ni siquiera ella lo sabía. Tomó las dos fotografías en que estaba con sus hijos y las guardo en su billetera. Dejo el anillo de matrimonio tirado en la basura, un último acto de rebeldía pensaba ella. Miró a su alrededor y contemplo la habitación que la hizo muy pocas veces feliz, pero que la cobijo en esas noches interminables de insomnio. Bajo las escaleras y vio por última vez cada uno de los rincones de esa casa que con tanto esfuerzo le llevo construir. Abrió la puerta, y dejando las llaves tras suyo en la mesa, se fue de allí.
Anastasia emprende el camino más alegre de su vida. Camina hacia donde sabe que encontrará la paz, la quietud; donde se volverá a reencontrar consigo misma y, probablemente, encuentre esa tan anhelada libertad. Tomó el bus a la costa azul. No es la mejor compañía, simplemente fue el primero que la llevaría donde desea. Se subió, se sentó en el número 25 que da a la ventana; bebió de una petaca que compro y simplemente observó la ruta. No pensaba, se negaba a hacerlo pues sabía que sí se daba ese tiempo, regresaría. No desea volver, pero no está segura.
Tres horas de camino y por fin, llegó al mar: su mar. Ese que es tan amoroso e inquietante a la vez. Se sienta en la playa, espera el atardecer. Se deja acariciar por el sol y disfruta de ver jóvenes corriendo y nadando entre las olas. Por fin se decide y se adentra en el mar. Anastasia jamás volvió a aparecer. Su gente la llora, le da cristiana sepultura. Pero Ella en el más allá está feliz, plena. Volvió a ser un alma nueva que nadie puede hacer sufrir.

jueves, 29 de enero de 2015

Un Viaje a la Montaña

Un Viaje a la Montaña
Por Eduardo Neira M.

Decidió subir a su montaña preferida buscando la soledad deseada para pensar. Era su lugar de siempre, espacioso, verde con tono de gris, escarpado, luminoso, frío por la altura que le gustaba acampar. Era su costumbre huir del bullicio, el calor, los olores, el fastidioso metro, la calurosa cuidad, de los suyos, amigos, hijos, esposa e incluso su ser.  Le agobia su vida, llena de indecisiones que lo están llevando a una parálisis sin precedentes. Esto le ha marcado, herido, le provoca congoja, le incomoda y lo ha defraudado ante sus proyectos y sus ideales que pensaba haber logrado a sus sesenta años.
Los años no han pasado en vano, mira hacia atrás y contempla su infancia llena de color, alegría, ideales, juegos, amistad, compañerismo, hogar y cariño de sus padres, abuelos, tíos y primos.  Esos recuerdos le alegran y sus sentimientos se aquietan, se calman, le traen esa paz necesaria para el momento que vive. Disfruta, sonríe, suspira y su mente vuela. ¡Qué días aquellos! Recuerda su playa preferida, de olas altas, de colores fuertes, de mucha luz en la arena que es llana, blanca, calurosa y molesta. Una playa que siempre estuvo llena de gente, de todo tipo: altos, flacos, gordos, feos y bellos; mujeres, niños, padres, vendedores, quitasoles y una temperatura infernal.
El frio empieza a calar sus huesos y los recuerdos desaparecen. Su cuerpo se entumece, se anestesia, cambia de color y, esbozando una sonrisa leve, se siente vivo. Quizás sus sesenta años hacen que Carlos, un ingeniero, casado en segundas nupcias, tres hijos y una empresa exitosa, no le han dado todo lo que ha buscado en la vida. A pesar de sus éxitos, fama y reconocimiento, siente aun un vacío en su interior. Busca nuevas motivaciones. Está aburrido de la rutina, de la hipocresía del medio, de esos amigos por negocios, del estatus que desea mantener imperiosamente su familia y, por sobre todo, le hastía que lo traten de Señor y no de Carlos. Le incomoda demasiado que su fama evite que haga filas interminables, que dejen a otros de lado por que llego él, hacerlo sentir bien cuando en realidad desea sólo sentir su realidad. El frío no hace sino devolverle el sentido de existencia respecto al mundo.
La noche cae sobre la montaña y le obliga a refugiarse en su carpa. Será una noche helada pero estrellada, luminosa que presentara majestuosamente la bóveda celeste que le hará sentirse, simplemente, un mortal común a todos. Esa apertura al infinito le lleva a pensar, reflexionar buscando respuesta, orientación para su nueva etapa de la vida que debe enfrentar. Sabe que pronto deberá jubilar y, por tanto, le inquieta, le desanima, le duele tener que pensar en sentirse viejo. Se ha negado por años a sentirse así. No asume su propia condición pero tiene claro que esta será la última vez que disfrute de su montaña preferida. Queda poco tiempo, en un par de horas amanecerá y debe volver a su realidad y ha tomado una decisión: ser feliz en su ocaso.

Un lago azul…

Un lago azul…
Por Eduardo Neira M.

En el fondo de la sala se escucha una canción de cuna muy antigua. Me trae recuerdos de infancia y sin decir nada, el sueño, el cansancio, los años hacen que me desvanezca en un suspiro.
Entro en un profundo sueño, es un sopor del cual nada es real y, sin embargo, se vive plenamente. Duermo, pero mi ser esta despierto en un lago azul. Un lago lleno de esperanzas, de situaciones no resueltas y de un imaginario que nace en el subconsciente más profundo y me lleva a un estado inimaginable de posibilidades fecundas para un renacer.
Me veo adentrando en el lago, y a cada paso, se me aparecen parientes, amigos, amores que han marcado mi vida y que, ante la ausencia del saber, solo son figuras que están allí sin interactuar con mí ser. Sé quiénes son y no dudo de ellos, pero ¿quién soy yo ahora? El lago me atrapa y me sumerge a un nuevo mundo de sensaciones.
A medida que avanzó y se va sumergiendo mi corazón; ese músculo que da vida se siente solo y en esa espera del que vendrá, simplemente se separa de cada emoción como sino pudiese contemplar más allá que sus propios latidos. Hace frío, y el miedo se apodera de mí. Estoy separado, ya no soy uno, el lago se ha propuesto mostrarte quien soy y me troza en partes pequeñas para analizarme. Me lleva a un estado en que la nada se me presenta sin golpear a la puerta y no me permite más que vivir el presente.
Se me aparecen imágenes de tiempos inmemoriales. Un nacimiento tortuoso y duro, en un pabellón frío y sin calidez. Mi propia vida empieza a luchar por un instante de existencia y queda entrelazada a la suerte de unas operaciones sin un resultado precisó. A pesar de estar durmiendo, la canción de cuna sigue sonando y hace que mi espíritu se aquiete, pues el dolor de revivir esa experiencia pasada ha hecho que el temor a saber que paso en ese momento sea un tormento que apesta cada célula de lo que va quedando de mí ser.
No se cuanto tiempo ha pasado y si he escuchado la canción de cuna solo una vez. No tengo esa certeza. He caminado horas en el lago, en su profundidad. ¿Por qué no nado? Es una interrogante que, aunque la pienso, no se me permite formular pues no habrá una respuesta. Cada paso que doy son reminiscencias de mi vida y en un salto atemporal me veo a los quince años. Inquieto, deportista y con sueños por un mundo ideal. Pero este se rompe de pronto. Se ha dañado mi cuerpo y la sensación es de frustración. Me la como, no descargo esa impotencia. Solo sonrío y doy esperanzas a los que me rodean, pero en mi interior, mi existencia ya no tiene sentido. Perdí el horizonte y, a pesar que hay quienes están felices, mi vida parece ya no tener sentido. Una vez que me recupero, mi barba ha crecido bastante y mis ojos ya no son los mismos. Miran diferente no solo la vida, sino a cada ser. La osadía y la locura se han apoderado de mí. Las convenciones ya no me alcanzan y solo se respetan aquella que creo necesarias para el vivir bien, aun cuando ni hasta la fe se ha salvado de ser cuestionada.
Ya no escucho la canción de cuna, ¿habré muerto?. Me empiezo a desesperar y de pronto, suavemente empiezo a escuchar una voz, suave, amigable, tierna que me llama a despertar. Abro mis ojos y veo un rostro sonriente. Es Patricia, mi siquiatra que me ha llevado a una terapia de psicoanálisis para averiguar algunas de mis falencias como persona. Habrá sido un sueño o una realidad viva. Hasta la próxima semana, me dice la Paty.