Por Eduardo Neira M.
Anastasia era una mujer delicada, de
mirada profunda, de pelo rizado azabache, y de manos delicadas. Estaba viviendo
un tiempo complejo, duro, de decisiones difíciles y, sin embargo, era capaz de
sonreír a la vida y a su gente. Casada hace más de veinte años con un hombre
machista, lleno de temores y de rencores pasados. Ella se casó enamorada pero a
través de los años se fue decepcionando de su marido. De ese hombre que la
obnubilo cuando era aún adolescente poco queda. Después de un largo noviazgo
decidieron contraer matrimonio y fue así como una noche de junio dijeron
acepto. Un sí que a la luz de los años, fue el inicio de su tormento.
Madre de tres hijos hermosos, según
sus propias palabras, y de una calidez que le dan la más grande alegría como
mujer y madre. Ha tenido que postergar sueños, anhelos, deseos, viajes; pero lo
más importante, sueña con volver a ser feliz en su matrimonio. Ha aprendido a
dibujar al óleo para matar el tiempo y proyectar parte de sus sentimientos. No
ha expuesto nunca, aunque deseó en su corazón poder hacerlo algún día. Tiene
varios cuadros pintados y cada uno la refleja a plenitud. Desde colores
hermosos hasta sombríos cada uno de ellos muestra momentos de su vida.
Una noche decidió dormir. Lo pensó
durante muchos días y noches. Pensaba, divagaba, se volvía intolerante y la
vida se la hacía pesada. Una tarde de octubre, plena primavera, decidió
escribir su última carta. Se demoró en empezar y cuando lo hizo, los borradores
se sucedían unos tras otros. Le tomo tres horas poder escribir tan sólo algunas
líneas que decían:
-
“A
mis amados hijos, a mi madre, a mis amigas, a Dios. Hace tantos años que
deseaba sentarme a escribir aquello que me pasaba, pero no lo hacía porque no
deseaba causarles el dolor que sé que les estoy provocando en estos momentos en
que leen estas líneas. No daré muchas explicaciones, simplemente me limitare a
contar hechos, situaciones y reflexiones que darán cuenta de la decisión que he
tomado. Hace mucho que he tenido que aguantar a todos. Desde pequeña siempre
tuve que agradar a todos. No importaba lo que pensara o deseara, simplemente
debía atender los caprichos de mi padre déspota y sicológicamente perturbado.
Jamás pude olvidar esa golpiza que me dejo media muerta, con dos costillas
rotas y encerrada en una habitación de hospital por más de tres semanas. Debí
postergar mis anhelos de ser una pintora. El arte para él simplemente eran
estupideces. Una mujer no pinta, debe ser dueña de casa me lo decía con esa voz
ronca y carraspeada por tanto fumar pipa. Crecí en un ambiente ingrato. Los
únicos momentos de belleza y alegría eran cuando íbamos a la playa y podía
disfrutar del mar. Con el tiempo, pensé que en el matrimonio podría ser libre y
hacer mis deseos. Pero lamentablemente, a mi pesar, fue sólo una ilusión. El
hombre que pensé me daría esa nueva vida, nunca llegó. Era un calco a mi padre.
Trate de ser feliz. Todos estos años, se los juro, traté pero no pude. Necesito
volver a nacer, pero para ello debo hacer morir en mi aquello que no deseo.
Miro hacia atrás y veo mis hijos crecidos, una madre ya desgastada por los años
y la viudez y a mis amigas que siempre estuvieron para mí. Gracias… gracias por
todo y lamento no poder satisfacer sus deseos. Debo partir y no puedo dar pie
atrás. Los Amo, Anastasia”.
Esa mañana se levantó radiante, cristalina, hermosa como
nunca, optimista, los colores le volvieron al rostro y su cara irradiaba esa
luz que es propia de lo numinoso de los dioses. No era una diosa del Olimpo,
pero estaba cerca o, al menos, así se sentía ella. Se levantó de la cama, tomo
una ducha larga y refrescante para el calor de esa mañana clara, se vistió más
hermosa que nunca pero sólo con prendas informales: jeans, polera y zapatillas.
En un acto de rebeldía no se puso brassier y uso esa tanga que anhelaba y que
su marido le prohibía.
Dos horas estuvo en ese ajetreo de levantarse, después tomo
un desayuno francés clásico y se detuvo a contemplar las fotos de sus hijos.
Los amaba profundamente, pero debía dejarlos. Quizás si volvería, eso nadie, ni
siquiera ella lo sabía. Tomó las dos fotografías en que estaba con sus hijos y
las guardo en su billetera. Dejo el anillo de matrimonio tirado en la basura,
un último acto de rebeldía pensaba ella. Miró a su alrededor y contemplo la
habitación que la hizo muy pocas veces feliz, pero que la cobijo en esas noches
interminables de insomnio. Bajo las escaleras y vio por última vez cada uno de
los rincones de esa casa que con tanto esfuerzo le llevo construir. Abrió la
puerta, y dejando las llaves tras suyo en la mesa, se fue de allí.
Anastasia emprende el camino más alegre de su vida. Camina
hacia donde sabe que encontrará la paz, la quietud; donde se volverá a
reencontrar consigo misma y, probablemente, encuentre esa tan anhelada
libertad. Tomó el bus a la costa azul. No es la mejor compañía, simplemente fue
el primero que la llevaría donde desea. Se subió, se sentó en el número 25 que
da a la ventana; bebió de una petaca que compro y simplemente observó la ruta.
No pensaba, se negaba a hacerlo pues sabía que sí se daba ese tiempo,
regresaría. No desea volver, pero no está segura.
Tres horas de camino y por fin, llegó al mar: su mar. Ese que
es tan amoroso e inquietante a la vez. Se sienta en la playa, espera el
atardecer. Se deja acariciar por el sol y disfruta de ver jóvenes corriendo y
nadando entre las olas. Por fin se decide y se adentra en el mar. Anastasia jamás volvió a aparecer. Su gente la
llora, le da cristiana sepultura. Pero Ella en el más allá está feliz, plena.
Volvió a ser un alma nueva que nadie puede hacer sufrir.
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