Un lago azul…
Por Eduardo Neira
M.
En el fondo de la sala se escucha una
canción de cuna muy antigua. Me trae recuerdos de infancia y sin decir nada, el
sueño, el cansancio, los años hacen que me desvanezca en un suspiro.
Entro en un profundo sueño, es un sopor
del cual nada es real y, sin embargo, se vive plenamente. Duermo, pero mi ser
esta despierto en un lago azul. Un lago lleno de esperanzas, de situaciones no
resueltas y de un imaginario que nace en el subconsciente más profundo y me
lleva a un estado inimaginable de posibilidades fecundas para un renacer.
Me veo adentrando en el lago, y a cada paso,
se me aparecen parientes, amigos, amores que han marcado mi vida y que, ante la
ausencia del saber, solo son figuras que están allí sin interactuar con mí ser.
Sé quiénes son y no dudo de ellos, pero ¿quién soy yo ahora? El lago me atrapa
y me sumerge a un nuevo mundo de sensaciones.
A medida que avanzó y se va sumergiendo mi
corazón; ese músculo que da vida se siente solo y en esa espera del que vendrá,
simplemente se separa de cada emoción como sino pudiese contemplar más allá que
sus propios latidos. Hace frío, y el miedo se apodera de mí. Estoy separado, ya
no soy uno, el lago se ha propuesto mostrarte quien soy y me troza en partes
pequeñas para analizarme. Me lleva a un estado en que la nada se me presenta
sin golpear a la puerta y no me permite más que vivir el presente.
Se me aparecen imágenes de tiempos
inmemoriales. Un nacimiento tortuoso y duro, en un pabellón frío y sin calidez.
Mi propia vida empieza a luchar por un instante de existencia y queda
entrelazada a la suerte de unas operaciones sin un resultado precisó. A pesar de
estar durmiendo, la canción de cuna sigue sonando y hace que mi espíritu se
aquiete, pues el dolor de revivir esa experiencia pasada ha hecho que el temor
a saber que paso en ese momento sea un tormento que apesta cada célula de lo
que va quedando de mí ser.
No se cuanto tiempo ha pasado y si he
escuchado la canción de cuna solo una vez. No tengo esa certeza. He caminado
horas en el lago, en su profundidad. ¿Por qué no nado? Es una interrogante que,
aunque la pienso, no se me permite formular pues no habrá una respuesta. Cada
paso que doy son reminiscencias de mi vida y en un salto atemporal me veo a los
quince años. Inquieto, deportista y con sueños por un mundo ideal. Pero este se
rompe de pronto. Se ha dañado mi cuerpo y la sensación es de frustración. Me la
como, no descargo esa impotencia. Solo sonrío y doy esperanzas a los que me
rodean, pero en mi interior, mi existencia ya no tiene sentido. Perdí el horizonte
y, a pesar que hay quienes están felices, mi vida parece ya no tener sentido.
Una vez que me recupero, mi barba ha crecido bastante y mis ojos ya no son los
mismos. Miran diferente no solo la vida, sino a cada ser. La osadía y la locura
se han apoderado de mí. Las convenciones ya no me alcanzan y solo se respetan
aquella que creo necesarias para el vivir bien, aun cuando ni hasta la fe se ha
salvado de ser cuestionada.
Ya no escucho la canción de cuna, ¿habré
muerto?. Me empiezo a desesperar y de pronto, suavemente empiezo a escuchar una
voz, suave, amigable, tierna que me llama a despertar. Abro mis ojos y veo un
rostro sonriente. Es Patricia, mi siquiatra que me ha llevado a una terapia de psicoanálisis para averiguar algunas de mis falencias como persona. Habrá sido
un sueño o una realidad viva. Hasta la próxima semana, me dice la Paty.
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