Un Viaje a la Montaña
Por Eduardo Neira M.
Decidió subir a su montaña preferida
buscando la soledad deseada para pensar. Era su lugar de siempre, espacioso,
verde con tono de gris, escarpado, luminoso, frío por la altura que le gustaba
acampar. Era su costumbre huir del bullicio, el calor, los olores, el
fastidioso metro, la calurosa cuidad, de los suyos, amigos, hijos, esposa e
incluso su ser. Le agobia su vida, llena
de indecisiones que lo están llevando a una parálisis sin precedentes.
Esto le ha marcado, herido, le provoca congoja, le incomoda y lo ha defraudado
ante sus proyectos y sus ideales que pensaba haber logrado a sus sesenta años.
Los años no han pasado en vano, mira
hacia atrás y contempla su infancia llena de color, alegría, ideales, juegos,
amistad, compañerismo, hogar y cariño de sus padres, abuelos, tíos y
primos. Esos recuerdos le alegran y sus
sentimientos se aquietan, se calman, le traen esa paz necesaria para el momento
que vive. Disfruta, sonríe, suspira y su mente vuela. ¡Qué días aquellos!
Recuerda su playa preferida, de olas altas, de colores fuertes, de mucha luz en
la arena que es llana, blanca, calurosa y molesta. Una playa que siempre estuvo
llena de gente, de todo tipo: altos, flacos, gordos, feos y bellos; mujeres,
niños, padres, vendedores, quitasoles y una temperatura infernal.
El frio empieza a calar sus huesos y
los recuerdos desaparecen. Su cuerpo se entumece, se anestesia, cambia de color
y, esbozando una sonrisa leve, se siente vivo. Quizás sus sesenta años hacen
que Carlos, un ingeniero, casado en segundas nupcias, tres hijos y una empresa
exitosa, no le han dado todo lo que ha buscado en la vida. A pesar de sus
éxitos, fama y reconocimiento, siente aun un vacío en su interior. Busca nuevas
motivaciones. Está aburrido de la rutina, de la hipocresía del medio, de esos
amigos por negocios, del estatus que desea mantener imperiosamente su familia
y, por sobre todo, le hastía que lo traten de Señor y no de Carlos. Le incomoda
demasiado que su fama evite que haga filas interminables, que dejen a otros de
lado por que llego él, hacerlo sentir bien cuando en realidad desea sólo sentir
su realidad. El frío no hace sino devolverle el sentido de existencia respecto
al mundo.
La noche cae sobre la montaña y le obliga a
refugiarse en su carpa. Será una noche helada pero estrellada, luminosa que
presentara majestuosamente la bóveda celeste que le hará sentirse, simplemente,
un mortal común a todos. Esa apertura al infinito le lleva a pensar,
reflexionar buscando respuesta, orientación para su nueva etapa de la vida que
debe enfrentar. Sabe que pronto deberá jubilar y, por tanto, le inquieta, le
desanima, le duele tener que pensar en sentirse viejo. Se ha negado por años a
sentirse así. No asume su propia condición pero tiene claro que esta será la
última vez que disfrute de su montaña preferida. Queda poco tiempo, en un par
de horas amanecerá y debe volver a su realidad y ha tomado una decisión: ser
feliz en su ocaso.